Del 21 al 27 de enero de 2002
EL PUENTE DE LAS AMÉRICAS…
Según el doctor Alonso Roy, desde los tiempos en que los franceses comenzaron la construcción de un canal por Panamá, que inevitablemente dividiría al Istmo, se pensó en la necesidad de una vía que uniera ambas porciones terrestres. Al culminar los estadounidenses la obra, en 1914, este problema de comunicación fue resuelto temporalmente con el empleo de barcazas. En 1931, debido al aumento vehicular y a la construcción de una carretera hasta Chiriquí, la Panamá Canal Mechanical Division, construyó dos ferries (Presidente Amador y Presidente Washington), para el transbordo en ambas riberas del Canal. El 3 de junio de 1942, se terminó la construcción del puente movedizo en Miraflores y, en 1942, se añadió otro ferry, el Presidente Porras. Finalmente, en 1955, Estados Unidos se comprometió a construir un puente permanente; así se firmó un contrato por 20 millones de dólares con John F. Beasly & Co. que entregó la obra el 12 de octubre de 1962. Los norteamericanos siempre lo llamaron Thatcher Ferry Bridge, mientras que Panamá oficializó el nombre de Puente de las Américas Esta vía de comunicación tiene una longitud de 5425 pies, 348 por encima del nivel del mar y 201 arriba de la posible marea más alta. En el día inaugural, a las nueve de la mañana, en el lado este se llevó a cabo un concierto por las bandas del Ejército y Fuerza Aérea de los Estados Unidos y la Banda de la Guardia Nacional de Panamá. Durante los primeros días desde su apertura, la gran curiosidad por la nueva vía generó terribles tranques vehiculares, por lo que debió utilizarse temporalmente el puente de Miraflores. Pasados los primeros días, la situación se fue normalizando y el imponente Puente de las Américas ha continuado con gallardía su simbólica y práctica labor de unir a la República de Panamá.
LOS FLAGELANTES…
Uno de los grupos religiosos más sádicos y fanáticos que existieron en la Edad Media, fue el de los flagelantes. Los adeptos de este culto mutilaban y martirizaban su cuerpo; maltrataban su carne con látigos y otros instrumentos de tortura para alcanzar la supuesta pureza en la contemplación divina. Estos fanáticos surgieron a comienzos del siglo XIII, en Perugia, Italia, y vagaban en grupos por campiñas y ciudades vestidos con sobrias túnicas y capuchas, cargando pesados crucifijos. Cuando llegaban a una ciudad, escogían una plaza pública y se tiraban al suelo con los brazos extendidos, mientras que un miembro los azotaba violentamente hasta hacerlos sangrar. Cada adepto al culto se enrolaba por un plazo de 33 años, en honor a la edad de Cristo. Esta secta se extendió por toda Europa, convirtiéndose sus miembros en extremistas perversos. Llegaron a eliminar a varios judíos, acusándolos de ser los asesinos de Cristo. Los líderes del grupo predicaban que cada gota de sangre vertida por ellos se añadía a la que derramó Jesucristo por la expiación de los pecados del hombre. Para frenar los abusos de estas bandas de fanáticos, el rey Manfredo de Sicilia impuso la pena de muerte a gran número de flagelantes. A pesar de estas ejecuciones, nuevos grupos surgieron, posteriormente, en diversos puntos de Europa, continuando con horrendas prácticas de mortificación carnal.

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